El llamamiento de Atreyu

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El llamamiento de Atreyu 2016-10-18T23:00:14+00:00

El llamamiento de Atreyu

Bien o mal, las deliberaciones que afectaban al porvenir de toda Fantasía se celebraban normalmente en el gran salón del trono de la Torre de Marfil, que se encontraba, en el interior del verdadero recinto del palacio, sólo unas plantas más abajo que el Pabellón del Magnolia.

Ahora, el salón amplio y redondo estaba lleno de una confusión de voces apagadas. Los cuatrocientos noventa y nueve mejores médicos del reino de Fantasia estaban allí reunidos, susurrando o cuchicheando entre sí, en grupos pequeños o grandes. Cada uno de ellos había visitado a la Emperatriz Infantil —unos hacía tiempo, otros recientemente— y cada uno había intentado ayudarla con su ciencia. Pero ninguno lo había logrado, ninguno conocía su enfermedad ni las causas, ninguno sabía cómo curarla. Y el número quinientos, el más famoso de todos los médicos de Fantasia, de quien se decía que no había hierba medicinal, hechizo ni secreto de la Naturaleza que no conociera, llevaba ya horas con la enferma, y todos esperaban con impaciencia el resultado de su visita.

Ahora bien, una reunión así no debe imaginarse, naturalmente, como un congreso de médicos humanos. Desde luego, en Fantasia había muchos seres que, en su aspecto exterior, eran más o menos parecidos a los hombres, pero había por lo menos otros tantos que parecían animales o criaturas de especies totalmente distintas. Si variada era la multitud de mensajeros que bullía fuera, igualmente diversa era la concurrencia del salón. Había médicos enanos con barba blanca y joroba, médicas hadas, con túnicas relucientes de un azul plateado y estrellas centelleantes en el cabello; había genios acuáticos de vientres abultados y membranas natatorias en pies y manos (para ellos se habían instalado expresamente baños de asiento), pero había también serpientes blancas, enroscadas en la gran mesa del centro del salón, elfos abeja y hasta brujas, vampiros y espectros que, en general, no eran considerados especialmente bienhechores y salutíferos.

Para comprender la presencia de estos últimos es absolutamente necesario saber una cosa: La Emperatriz Infantil era —como indica su título— la soberana de todos los incontables países del reino sin fronteras de Fantasia, pero en realidad era mucho más que una soberana o, mejor dicho, era algo muy distinto.

No gobernaba, nunca había utilizado la fuerza ni hecho uso de su poder, no mandaba nada ni daba órdenes a nadie, nunca atacaba ni tenía que defenderse de ningún atacante, porque a nadie se le hubiera ocurrido levantarse contra ella ni hacerle daño. Para ella, todos eran iguales.

Sólo estaba allí, pero estaba allí de una forma especial: era el centro de toda la vida de Fantasía. Y todas las criaturas, buenas o malas, hermosas o feas, divertidas o serias, necias o sabias, todas, estaban allí sólo porque ella existía. Sin ella no podía subsistir nada, lo mismo que no puede subsistir un cuerpo humano sin corazón.

Nadie podía comprender del todo su secreto, pero todos sabían que era así. Y por eso la respetaban por igual todas las criaturas de aquel reino, y todas se preocupaban igualmente por su vida. Porque su muerte hubiera sido también el fin de todos, el hundimiento del inmenso reino de Fantasía.

Los pensamientos de Bastián vagaban.

En su recuerdo, vio de pronto otra vez el largo pasillo de la clínica en que habían operado a Mamá. Él se había quedado sentado esperando muchas horas con su padre delante de la sala de operaciones. Cuando su padre había preguntado luego cómo estaba Mamá, había recibido sólo respuestas evasivas. Nadie parecía saber exactamente cómo estaba. Por fin había venido un hombre calvo de bata blanca, que parecía cansado y triste. Les había dicho que todos los esfuerzos habían sido inútiles y que lo sentía mucho. Les había dado a los dos la mano y había murmurado «mi sentido pésame».

Después, todo había cambiado entre su padre y Bastián.

No exteriormente. Bastián tenía todo lo que podía desear. Tenía una bicicleta de tres marchas, un tren eléctrico, muchas tabletas de vitaminas, cincuenta y tres libros, un hamster, un acuario con peces tropicales, una máquina de fotos pequeña, seis navajas y todo lo imaginable. Pero, en el fondo, todo eso no le importaba nada.

Bastián recordaba que su padre; antes, había jugado de buena gana con él. A veces, hasta le había contado o leído historias. Pero aquello había terminado. Ya no podía hablar con su padre. Alrededor de éste había como una pared invisible que nadie podía atravesar. A Bastián nunca lo reñía ni lo elogiaba. Tampoco dijo nada cuando lo suspendieron. Sólo lo miró de aquella forma ausente y preocupada, y Bastián tuvo la sensación de no estar allí. Esa sensación era la que casi siempre tenía con su padre.

Cuando, por la noche, se sentaban juntos delante de la televisión, Bastián se daba cuenta de que su padre no lo miraba, sino que estaba lejos, muy lejos con el pensamiento, donde él no podía alcanzarlo. O algunas veces, cuando los dos tenían un libro, Bastián se daba cuenta de que su padre no leía porque, durante horas, contemplaba la misma página sin pasarla.

Bastián comprendía que su padre estaba triste. También él había llorado entonces muchas noches, tanto que, a veces, tenía que vomitar a causa de los sollozos… pero aquello había pasado poco a poco. Y, después de todo, él estaba allí. ¿Por qué no hablaba su padre con él, por qué no hablaba de Mamá, de cosas importantes, y no solamente de lo imprescindible?

—Si se supiera al menos —dijo un espíritu del fuego largo y delgado— en qué consiste su enfermedad.

No tiene fiebre, no tiene nada inflamado, ninguna erupción, ninguna infección. Es, simplemente, como si
se estuviera extinguiendo… sin saber por qué.

Al hablar le salían de la boca, después de cada frase, pequeñas nubecillas de humo que formaban figuras. Aquella vez fue un signo de interrogación.

Un viejo cuervo desplumado, que parecía una gran patata en la que alguien hubiera clavado al azar unas cuantas plumas negras, respondió con voz graznante (era experto en enfermedades producidas por enfriamientos):

—No tose, no está constipada…, no es ninguna enfermedad en sentido clínico.

Se arregló las gruesas gafas sobre el pico y miró a los circunstantes con desafío.

—En cualquier caso, una cosa me parece evidente —zumbó un scarabaeus (coleóptero llamado también a veces «escarabajo pelotero»)—: entre su enfermedad y las horribles cosas de que nos informan los mensajeros de toda Fantasía existe una misteriosa relación.

—¡Bah! —le rebatió despectivamente un hombrecito de la tinta—. Usted no hace más que ver misteriosas relaciones por todas partes.

—¡Y usted no vé siquiera el borde de su tintero! —zumbó el scarabaeus irritado.

—¡Queridos colegas! —se quejó un espectro demacrado envuelto en una larga bata blanca—. No empecemos con disputas personales improcedentes. Y, sobre todo… ¡bajen la voz!

Esas y otras conversaciones se oían por todas partes en el gran salón del trono. Quizá pueda parecer extraño que seres tan distintos pudieran comprenderse entre sí. Pero en Fantasía casi todos los seres, incluidos los animales, conocían por lo menos dos idiomas: en primer lugar el propio, que sólo hablaban con los de su especie y no entendía ningún profano, y en segundo lugar uno general, llamado fantasio clásico o Gran Lenguaje. Todos lo dominaban, aunque algunos lo utilizasen de una forma un tanto peculiar.

De pronto se hizo el silencio en la sala y todos los ojos se dirigieron hacia la gran puerta batiente que se estaba abriendo. Entró Caíron, el famoso y legendario maestro del arte médico.

Era lo que, en épocas más antiguas, se llamaba un centauro. Tenía figura humana hasta las caderas y el resto de su cuerpo era de caballo. Sin embargo, Caíron era uno de los llamados centauros negros.

Había venido de una región muy remota, situada lejos, muy lejos, al sur. Por eso su parte humana tenía el color del ébano y sólo su pelo y su barba eran blancos y rizados; su cuerpo de caballo, en cambio, era listado como el de una cebra. Llevaba un extraño sombrero de juncos trenzados. En torno a su cuello colgaba de una cadena un gran amuleto de oro, en el que podían verse dos serpientes, una clara y otra oscura, que se mordían mutuamente la cola formando un óvalo.

Bastián se interrumpió sorprendido. Cerró el libro —no sin poner previsoramente un dedo entre sus páginas— y miró otra vez con más atención la cubierta. ¡Allí estaban las dos serpientes que se mordían las colas formando un óvalo! ¿Qué podía significar aquel extraño signo?

Todo el mundo sabía en Fantasía lo que significaba aquel medallón: era el Signo que llevaba quien estaba al servicio de la Emperatriz Infantil y podía actuar en su nombre como si ella estuviera presente.

Quería decir que su portador tenía poderes secretos, aunque nadie supiera exactamente cuáles. Su nombre lo conocían todos: ÁURYN.

Sin embargo, muchos no se atrevían a pronunciar ese nombre y lo llamaban «la Alhaja» o también «el Pentáculo» o, simplemente, «el Esplendor».

Así pues, ¡el libro llevaba el signo de la Emperatriz Infantil!

Un murmullo recorrió la sala y se oyeron algunas exclamaciones de asombro. Hacía tiempo que no se confiaba a nadie la Alhaja.

Caíron golpeó en el suelo con los cascos urcas cuantas veces, hasta que la agitación cesó, y entonces dijo con voz profunda:

—Amigos, no os asombréis demasiado: sólo llevaré el ÁURYN por corto tiempo. Soy únicamente su portador. Pronto entregaré el Esplendor a alguien más digno que yo.

Un silencio en el que nadie respiraba se había extendido por la sala.

—No intentaré suavizar nuestra derrota con bellas palabras —siguió diciendo Caíron—. Todos estamos perplejos ante la enfermedad de la Emperatriz. Sólo sabemos que la destrucción de Fantasia ha venido al mismo tiempo que esa enfermedad. No sabemos más. Ni siquiera si el arte médico puede salvarla. Pero es posible —y confío en no ofender a nadie si hablo francamente—, es posible que nosotros, los que estamos aquí reunidos, no reunamos todos los conocimientos ni toda la sabiduría.

Incluso tengo la última y única esperanza de que, en alguna parte de este reino sin fronteras de Fantasía, exista un ser más sabio que nosotros, capaz de prestarnos consejo y ayuda. Pero eso es más que incierto.

Dondequiera que pueda estar la posibilidad de salvación… una cosa es segura: su búsqueda requiere un explorador capaz de encontrar su camino en lo intransitable y de no retroceder ante ningún peligro ni ningún esfuerzo; en una palabra: un héroe. Y la Emperatriz Infantil me ha dicho el nombre de ese héroe, al que confía su destino y el nuestro: se llama Atreyu y vive en el Mar de Hierba, detrás de los Montes de Plata. Yo le entregaré el ÁURYN y lo enviaré a la Gran Búsqueda. Y ahora ya lo sabéis todo…

Dicho esto, el viejo centauro salió ruidosamente de la sala.

Los que se quedaron se miraron unos a otros confusos.

—¿Cómo se llamaba ese héroe? —preguntó uno.

—Atreyu o algo parecido —dijo otro.

—¡No lo he oído en mi vida! —exclamó un tercero. Y los cuatrocientos noventa y nueve médicos movieron preocupados la cabeza.

El reloj de la torré dio las diez. Bastián se asombró de lo deprisa que había pasado el tiempo. Durante las clases, cada hora le parecía normalmente una eternidad. Abajo, en el aula, tenían ahora Historia con el señor Droehn, un hombre delgado, casi siempre de mal humor, a quien le gustaba especialmente poner en ridículo a Bastián delante de todos porque no podía recordar las fechas de las batallas, los nacimientos ni los reinados de nadie.

El Mar de Hierba, situado tras los Montes de Plata, estaba a muchos, muchísimos días de camino de la Torre de Marfil. Se trataba de una pradera que, realmente, era tan ancha y tan grande y tan plana como el mar. Una hierba jugosa crecía en ella hasta la altura de un hombre y, cuando el viento la acariciaba, las olas la recorrían como si fuera el océano y murmuraba lo mismo que el agua.

El pueblo que allí vivía se llamaba «los hombres de hierba» o también «los pieles verdes». Tenían el pelo de color negro azulado e incluso los hombres lo llevaban largo y, a menudo, en trenzas, y su piel era de un color verde oscuro que tiraba un poco a castaño, como el de las aceitunas. Llevaban una vida sumamente sobria, severa y dura, y sus hijos, tanto los chicos como las chicas, eran educados en el valor, la nobleza y el orgullo. Tenían que aprender a soportar el calor, el frío y las privaciones y poner a prueba su arrojo. Esto era necesario porque los pieles verdes eran un pueblo de cazadores. Todo lo que necesitaban para la vida lo fabricaban con la hierba dura y fibrosa de las praderas o lo sacaban de los búfalos purpúreos que, en enormes rebaños, recorrían el Mar de Hierba.

Aquellos búfalos purpúreos eran casi dos veces mayores que toros o vacas corrientes, tenían una piel de pelo largo, brillo sedoso y color rojo púrpura, y unos cuernos formidables, de puntas duras y afiladas como puñales. En general eran pacíficos, pero cuando husmeaban un peligro o se sentían atacados, podían ser tan terribles como una fuerza de la Naturaleza. Nadie se hubiera atrevido a cazar a aquellos animales, salvo los pieles verdes… que además lo hacían sólo con arcos y flechas. Preferían la lucha caballeresca y por eso ocurría a menudo que no era el animal sino el cazador quien perdía la vida. Los pieles verdes querían y respetaban a los búfalos purpúreos y creían que únicamente tenían derecho a matarlos porque estaban dispuestos a ser matados por ellos.

La noticia de la enfermedad de la Emperatriz Infantil y de la fatalidad que amenazaba a toda Fantasía no había llegado aún a aquellas tierras. Hacía ya mucho tiempo que ningún viajero llegaba a los campamentos de los pieles verdes. La hierba crecía más jugosa que nunca, los días eran claros y las noches estrelladas. Todo parecía ir bien.

Pero un día apareció en el campamento un viejo centauro negro de pelo blanco. Su piel chorreaba sudor, parecía mortalmente exhausto y su rostro barbudo estaba consumido y demacrado. En la cabeza llevaba un extraño sombrero de juncos tejidos y, al cuello, una cadena de la que colgaba un gran amuleto.

Era Caíron.

Se quedó de pie en medio del espacio despejado que rodeaban las tiendas del campamento en círculos cada vez más anchos, allí donde los ancianos se reunían para el consejo o donde, en los días de fiesta, se bailaban bailes y se cantaban viejas canciones. Esperó y miró a su alrededor, pero a su alrededor sólo se apretaban mujeres y hombres muy viejos y niños muy pequeños, que lo miraban curiosos. Impaciente, golpeó el suelo con los cascos.

—¿Dónde están los cazadores y cazadoras? —resopló, quitándose el sombrero y secándose la frente.

Una mujer de pelo blanco, con un bebé en los brazos, respondió:

—Todos han ido de caza. No volverán hasta dentro de tres o cuatro días.

—¿Está Atreyu con ellos? —preguntó el centauro.

—Sí, extranjero, pero, ¿de qué lo conoces?

—No lo conozco. ¡Id a buscarlo!

—Extranjero —respondió un anciano con muletas—, difícilmente vendrá porque hoy es su caza.

Comienza a la puesta de sol. ¿Sabes lo que eso significa?

Caíron sacudió sus crines y piafó.

—No lo sé y tampoco importa, porque tiene algo más importante que hacer. Ya conocéis el Signo que llevo. Por lo tanto, ¡id a buscarlo!

—Vemos la Alhaja —dijo una niña— y sabemos que te envía la Emperatriz Infantil. Pero, ¿quién eres tú?

—Me llamo Caíron —refunfuñó el centauro—, Caíron el Médico, si es que eso os dice algo.

Una anciana encorvada se adelantó y dijo:

—Es verdad. Lo conozco. Lo vi una vez cuando todavía era yo joven. ¡Es el médico más importante y famoso de Fantasía!

El centauro hizo un gesto de saludo con la cabeza.

—Gracias, mujer —dijo—, y ahora, si alguno de vosotros fuera tan amable y trajese de una vez a Atreyu… Es urgente. Está en juego la vida de la Emperatriz Infantil.

—¡Yo lo haré! —gritó una niña que tendría unos cinco o seis años.

Corrió y, pocos segundos más tarde, se la pudo ver entre las tiendas, sobre un caballo sin silla que partía al galope.

—¡Vaya, por fin! —refunfuñó Caíron. Y perdió el conocimiento.

Cuando volvió en sí, no supo al principio donde estaba, porque a su alrededor reinaba la oscuridad.

Sólo poco a poco se dio cuenta de que se encontraba en una tienda espaciosa, echado sobre una manta de piel.

Parecía ser de noche y, por una grieta de la cortina que hacía de puerta, penetraba el resplandor de las llamas de una hoguera.

—¡Por los clavos de una herradura! —murmuró mientras trataba de incorporarse—. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

Una cabeza echó una ojeada por la cortina de la puerta„ se retiró y alguien dijo:

—Sí, parece que se ha despertado.

Entonces la cortina fue corrida a un lado y entró un muchacho de unos diez años. Llevaba pantalones largos y zapatos de cuero blando de búfalo. Tenía el torso desnudo y sólo le colgaba de los hombros un manto purpúreo, al parecer de pelo de búfalo, que le llegaba hasta el suelo. Su pelo, largo y de color negro azulado, lo llevaba atado en la nuca con tiras de cuero, formando una trenza. En la piel verde aceitunada de su frente y sus mejillas había pintados, en color blanco, algunos adornos sencillos. Sus ojos oscuros centelleaban coléricos mirando al intruso, pero por lo demás no se apreciaba en sus facciones emoción alguna.

—¿Qué quieres de mí, extranjero? —preguntó—. ¿Por qué has venido a mi tienda? ¿Y por qué me has privado de mi caza? Si hubiera matado hoy al gran búfalo —y mi flecha estaba ya en la cuerda cuando me llamaron— mañana sería un cazador. Ahora tendré que esperar un año entero. ¿Por qué?

El viejo centauro lo miró desconcertado.

—¿Eso quiere decir —preguntó por fin— que eres Atreyu?

—Sí, extranjero.

—¿No hay algún otro, un hombre adulto, un cazador experimentado, con ese nombre?

—No, Atreyu soy yo y nadie más.

El viejo Caíron se dejó caer en el lecho y jadeó:

—¡Un niño! ¡Un muchacho! Realmente, las decisiones de la Emperatriz Infantil son difíciles de comprender.

Atreyu callaba, esperando inmóvil.

—Perdóname, Atreyu —dijo Caíron, que sólo con dificultad podía dominar su agitación—, no tenía la intención de ofenderte, pero sencillamente ha sido una sorpresa demasiado grande. A decir verdad, ¡estoy desesperado! Me pregunto seriamente si la Emperatriz Infantil sabía de veras lo que hacía al elegir a un niño como tú.

¡Evidentemente, es una locura! Y si lo hizo deliberadamente, entonces… entonces…

Sacudió con violencia la cabeza y balbuceó:

—¡No! ¡No! Si yo hubiera sabido a quién me enviaba, me hubiera negado simplemente a transmitir su encargo. ¡Me hubiera negado!

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—¿Qué encargo? —preguntó Atreyu.

—¡Es una monstruosidad! —exclamó Caíron, dejándose llevar por la cólera—. Cumplir esa misión hubiera sido probablemente algo imposible para los héroes más grandes y aguerridos, pero para ti …

Ella te envía a lo desconocido a buscar algo que nadie conoce. Nadie puede ayudarte, nadie puede darte consejos y nadie puede predecir lo que te aguarda. Y, sin embargo, tienes que decidir enseguida, ahora mismo, sobre la marcha, si aceptas o no esa misión. No hay momento que perder. He galopado casi sin pausa diez días con sus noches para encontrarte. Pero ahora… ahora casi quisiera no haber venido. Soy muy viejo y estoy al cabo de mis fuerzas. ¡Dame un trago de agua, por favor!

Atreyu trajo un jarro de agua fresca de la fuente. El centauro bebió a grandes sorbos, luego se enjugó la barba y dijo, un poco más tranquilo:

—¡Gracias, qué bien me hace! Ahora me siento mejor. Escucha, Atreyu, no necesitas aceptar ese encargo. La Emperatriz Infantil lo deja a tu elección. No te lo ordena. Yo se lo explicaré y ella encontrará a otro. No debía de saber que eres un muchacho. Se habrá confundido con otro; ésa es la única explicación.

—¿En qué consiste la misión? —quiso saber Atreyu.

—En encontrar el remedio para la Emperatriz Infantil —respondió el viejo centauro— y salvar a Fantasía.

—¿La Emperatriz está enferma? —preguntó asombrado Atreyu.

Caíron comenzó a contar lo que le pasaba a la Emperatriz Infantil y lo que habían relatado los mensajeros de toda Fantasía. Atreyu siguió haciendo preguntas y el centauro las contestó lo mejor que pudo. Fue una larga conversación nocturna. Y cuanto mejor comprendía Atreyu todo el alcance de la fatalidad que había caído sobre Fantasía, tanto más claramente se dibujaba en su rostro, al principio tan reservado, la más franca consternación.

—Y yo —murmuró finalmente con labios pálidos—, que no sabía nada de todo eso…

Caíron miró al muchacho por debajo de sus espesas y blancas cejas, de una forma seria y preocupada.

—Ahora ya sabes cómo están las cosas, y quizá comprendas por qué perdí la serenidad al verte. Y, sin embargo, la Emperatriz Infantil pronunció tu nombre. «Ve y busca a Atreyu», dijo. «Pongo en él toda mi confianza», dijo.

«Pregúntale si quiere emprender la Gran Búsqueda, por mí y por Fantasía», dijo. No sé por qué te eligió a ti. Quizá sólo un muchacho como tú pueda realizar esa tarea imposible. No lo sé y no puedo aconsejarte.

Atreyu se quedó sentado con la cabeza baja y en silencio. Comprendía que se le presentaba una prueba que era mucho, muchísimo más importante que su caza. Hasta para los mayores cazadores y los mejores exploradores hubiera sido difícil de superar, pero para él resultaba excesiva.

—¿Qué? —le preguntó en voz baja el centauro—. ¿Quieres hacerlo?

Atreyu levantó la cabeza y lo miró de frente.

—Quiero —dijo con firmeza.

Caíron asintió despacio, y luego se quitó del cuello la cadena con el amuleto de oro y se la puso a Atreyu.

—Que, ÁURYN te dé el gran poder —dijo solemnemente—, pero no lo utilices. Porque tampoco la Emperatriz Infantil usa nunca de su propio poder. ÁURYN te protegerá y guiará, pero tú no deberás intervenir, porqué tu propia opinión no cuenta a partir de ahora. Por eso debes ir sin armas. Debes dejar que ocurra lo que tenga que ocurrir. Todo debe ser igual para ti: mal y bien, belleza y fealdad, necedad y sabiduría…, lo mismo que es igual para la Emperatriz Infantil. Sólo debes buscar y preguntar, pero nunca juzgar por ti mismo. ¡No lo olvides jamás, Atreyu!

—¡ÁURYN! —repitió Atreyu con respeto—. Me haré digno de llevar la Alhaja. ¿Cuándo debo partir?

—Ahora mismo —respondió Caíron—. Nadie sabe cuánto durará tu Gran Búsqueda. Es posible que cada hora importe. ¡Despídete de tus padres y hermanos!

—No tengo —replicó Atreyu—. Mis padres fueron muertos por un búfalo, poco después de venir yo al mundo.

— ¿Y quién te crió?

—Todas las mujeres y todos los hombres juntos. Por eso me llamaron Atreyu, que quiere decir, en palabras del Gran Lenguaje: «Hijo de Todos».

Nadie podía comprender mejor que Bastián lo que eso significaba. Aunque su padre viviera aún. Y aunque Atreyu no tuviera padre ni madre. Sin embargo, Atreyu había sido educado por todos los hombres y mujeres juntos y era el «hijo de todos», mientras que él, Bastián, en el fondo no tenía a nadie… Era un «hijo de nadie». A pesar de todo, Bastián se alegraba de que, de esa forma, tuviera algo en común con Atreyu que, por lo demás, no se parecía en nada a él, por desgracia, ni en su arrojo y decisión ni en su aspecto físico. Y, sin embargo, también él, Bastián, había emprendido una Gran Búsqueda que no sabía a dónde lo conduciría ni cómo terminaría.

—Entonces —dijo el viejo centauro— es mejor que te vayas sin despedirte. Yo me quedaré y se lo explicaré todo.

El rostro de Atreyu se volvió aún más tenso y duro.

—¿Por dónde he de empezar?

—Por todas partes y por ninguna —respondió Caíron—. A partir de ahora estás solo y nadie puede consejarte. Y así será hasta el fin de la Gran Búsqueda… acabe como acabe.

Atreyu asintió.

—¡Adiós Caíron!

—¡Adiós Atreyu! ¡Y… mucha suerte!

El muchacho se volvió e iba a salir ya de la tienda cuando el centauro lo llamó otra vez. Mientras estaban frente a frente el viejo le puso ambas manos sobre los hombros, lo miró con una sonrisa respetuosa en los ojos y dijo despacio:

—Creo que empiezo a comprender por qué te eligió la Emperatriz Infantil, Atreyu.

El muchacho bajó un poco la cabeza y luego salió con rapidez.

Fuera, delante de la tienda, estaba Ártax, su caballo. Era moteado y pequeño como un caballo salvaje, tenía las patas fuertes y cortas y, sin embargo, era el corcel más rápido y resistente a la redonda. Todavía llevaba silla y bridas, tal como lo había traído Atreyu de la caza.

—Ártax —le susurró dándole palmadas—, tenemos que marcharnos. Tenemos que irnos lejos, muy lejos, y nadie sabe si volveremos.

El caballito movió la cabeza y resopló suavemente.

—Está bien, señor —respondió—. ¿Y qué pasará con tu caza?

—Vamos a una caza mucho más importante —contestó Atreyu subiendo a la silla.

—¡Un momento, señor! —resopló el caballito—. Te has olvidado las armas. ¿Vas a salir sin arco y sin flechas?

—Sí, Ártax —respondió Atreyu—, porque llevo el Esplendor y debo ir sin armas.

—¡Ah! —exclamó el caballito—. ¿Y a dónde vamos?

—A donde tú quieras, Ártax —contestó Atreyu—. A partir de ahora estamos en la Gran Búsqueda.

Con estas palabras, salieron al galope y la oscuridad de la noche se los tragó.

Al mismo tiempo sucedía en otro lugar de Fantasía algo que nadie observaba y de lo que ni Atreyu y Ártax, ni tampoco Caíron, tenían la menor sospecha.

En un páramo nocturno muy lejano, las tinieblas se concentraron para formar una figura vaga y enorme. La oscuridad se fue espesando hasta que, incluso en aquella noche sin luz, el páramo pareció un formidable cuerpo hecho de negrura. Sus contornos no eran todavía precisos, pero se sostenían sobre cuatro zarpas y los ojos de su poderosa cabeza peluda ardían con un fuego verde. Levantó el hocico en el aire y husmeó. Así estuvo largo tiempo.

Luego, de pronto, pareció haber encontrado el olor que buscaba, porque un profundo gruñido de triunfo salió de su garganta.

Comenzó a correr. A saltos grandes y silenciosos, aquella criatura de las sombras atravesaba velozmente la noche sin estrellas.

El reloj de la torre dio las once. Ahora empezaría el recreo. De los pasillos subía el griterío de los niños, que corrían abajo por el patio del colegio.

A Bastián, que seguía sentado en cuclillas en las colchonetas de gimnasia, se le habían dormido las piernas. Al fin y al cabo, no era un indio. Se puso en pie, sacó el bocadillo del colegio y una manzana de la cartera y comenzó a andar arriba y abajo por el desván. Sentía un hormigueo en los pies, que lentamente se le despertaron.

Entonces se subió al potro de gimnasia y se sentó sobre él a horcajadas. Se imaginó que él era Atreyu, galopando en la noche sobre Ártax. Se inclinó sobre el cuello de su caballito.

—¡Hala! —gritó—. ¡Galopa, Ártax, ¡Hala, hala!

Luego se asustó. Era una imprudencia muy grande gritar tanto. ¿Y si alguien lo había oído? Esperó un rato, escuchando. Pero sólo llegó hasta él el griterío de muchas voces en el patio del colegio.

Un poco avergonzado, se bajó otra vez del potro. Realmente, se estaba comportando como un niño pequeño.

Desenvolvió el bocadillo y frotó la manzana contra su pantalón. Sin embargo, antes de morderla se detuvo un segundo.

—No —se dijo a sí mismo en voz alta—, tengo que administrar cuidadosamente mis provisiones. ¿Quién sabe para cuánto tiempo tendrán que bastarme?

Con el corazón oprimido, envolvió otra vez el bocadillo y lo metió de nuevo en la cartera, juntamente con la manzana. Luego se dejó caer suspirando en las colchonetas y cogió otra vez el libro.

CRÉDITOS

Autor: Michael Ende (1979) — Ilustración: LaurieCayMúsica: Ancient Legends